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Cuando éramos pobres y felices

Por Gínder Peraza Kumán

Uno de mis mejores amigos me recordaba hace unos días cómo nos ganábamos algunos pesos cuando éramos niños, haciendo toda clase de encargos, mandados y tareas, y hasta incursionando en el comercio, para decirlo elegantemente.

Por ejemplo, él vendía las tostadas cubiertas con algún guiso que hacía su mamá, y era tal su éxito que de su casa sólo llegaba a la plaza principal en el tercer intento, porque en los anteriores lo que vendía se acababa en una o dos cuadras de recorrido.

Por ganar algo de dinero yo hice casi de todo, como vender los zapotes que daba un enorme árbol en casa de mi abuelo Fernando. La hice de limpiabotas, vendí palomitas a las cuales incluso intenté ponerles color, le vendía costales de verdolaga a doña Marta para que engorde a sus cochinos, y hasta alquilaba revistas que con mi capitalito me traía de Mérida un taxista al cual le hacía el encargo.

Junto con dos o tres amigos le pedíamos chamba a don Roberto Sánchez, quien era agricultor y tenía sus sembradíos en campos aledaños a San Román, una planta desfibradora de henequén en cuyo proceso para raspar las pencas del agave y producir la fibra se generaba un bagazo que era excelente fertilizante y piso base para diversos cultivos. La cosecha de tomate, nabos, remolachas y repollos era muy divertida, y a menudo derivaba en una guerra a tomatazos que nos permitía don Roberto.

Es inolvidable la sensación de frescura y rico sabor que se disfruta cuando come uno el mero centro de un colinabo o un repollo que acaban de ser arrancados de la tierra.

A diferencia de mis amigos, yo tenía la oportunidad de ganar unos pesos también manejando el camioncito de tres toneladas de mi papá.

Entre semana él se dedicaba con su vehículo a traer desde diferentes parcelas productos como leña, carbón, calabazas, sandías, etcétera. Estudiaba yo en el Tecnológico de Mérida, llegaba yo a Dzilam González el viernes en la noche y el sábado hacía trabajos que me permitían tener un poco de dinero para divertirme.

En una ocasión llegaron a nuestra casa a pedir un cargamento de 100 piedras para el vecino puerto de Dzilam Bravo. “¿A las llevas? El dinero es para tu gastada”, dijo papá Venancio, y ahí voy a hacer maravillas, primero porque el camioncito no arrancaba normalmente y había que empujarlo. Unos vecinos me ayudaron a despegar, llegué al terreno donde mi papá sacaba piedras, estacioné el vehículo en una lomita, saqué del ras del suelo las piedras y las puse a un lado del camino, empujé el camioncito lomita abajo, me subí de un brinco y lo arranqué con el cloch, cargué las piedras, y al puerto. Las bajé, pedí ayuda para arrancar de nuevo mi vehículo y regresé con mis $100 en la bolsa, para el baile de esa noche.

Algo pasó –abusos sobre todo– que en todos lados el trabajo de los niños empezó a satanizarse, pero ni yo ni mis amigos nos sentíamos explotados o frustrados porque teníamos que trabajar. Éramos pobres, pero como todos estábamos igual no nos pesaba serlo, y corríamos aventuras, y jugábamos, y nos dábamos pequeños placeres como hartarnos de sandía, bajar huayas para chupar hasta la saciedad, o íbamos a bañarnos dos o tres horas en un cenote cercano.

Por eso a estas alturas creo que lo malo no es la pobreza, sino la desigualdad cada vez más grande entre pobres y ricos. Estamos más preocupados por conseguir el dinero que hace falta para comprar todo lo que dicen que debemos poseer, comer y probar, que por ser felices con la abundancia que nos da gratuitamente la vida

 

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